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El suicidio adolescente. La interpelación de la muerte






Por Daniel Levy
La muerte tiene la capacidad de conmover al entorno cercano de quien la padece. Los efectos de la ausencia, de la pérdida, perturban a los que establecieron un vínculo con quien ha fallecido. La muerte, a su vez, nos interpela en nuestra condición de fragilidad y vulnerabilidad, nos vuelve como un hecho inevitable que pone de relieve la finitud de nuestras vidas. Este hecho despierta además de dolor, impotencia.
Estas vivencias se extreman cuando el que muere altera el orden natural de la vida, trátese de un joven o un niño.
Borges sostenía que los hombres, aunque no lo sepan (y es mejor que lo ignoren) son inmortales. No se refería a la inmortalidad personal sino a los actos que constituyen la historia universal .
En lo individual, cada uno de nosotros tiene la certeza de que va a morir, tal vez la angustia que esto provoca solo pueda elaborase en las actividades que desarrollamos en nuestra vida.
Diferente situación plantea la muerte auto-infligida. El acto suicida tiene la particularidad de dejar en conmoción a quienes lo presencian. Ese enigma, como lo designó Freud, genera la necesidad de encontrar respuestas. Se ensayan respuestas para paliar la vulnerabilidad en la que nos encontramos, se trata de construir argumentos que tiendan a disminuir la angustia que nos produce una decisión radical.
El escenario escolar, en varias oportunidades, se ve sacudido por la muerte de uno de los miembros de la comunidad estudiantil. Conocemos por las estadísticas que el suicidio en adolescentes, lamentablemente, es más común de lo que creemos, aun así ignoramos la motivación particular para llevarlo a cabo. Un conjunto de elementos comunes nos aportan situaciones necesarias pero no suficientes para consumarlo.
En algunos casos estas decisiones van acompañadas de alguna carta, explicación o antecedente que nos permite configurarnos alguna idea.
Sabemos que la adolescencia es un período complejo de conformación y reconfiguración de la persona, una época inestable, proclive a la confusión, de mucha incertidumbre. Pero no sabemos, de antemano, acerca de la singularidad de un sujeto en el devenir de su adolescencia.
Las intervenciones dentro del espacio escolar a partir de una situación límite están encaminadas a facilitar la posibilidad de elaboración de lo sucedido. Entendiendo que hay una trama que se construye grupal (o comunitariamente) y de la que cada uno de los participantes puede apropiarse en su significación. Estas elaboraciones encaminan un trabajo de duelo, que si bien puede encontrar un escenario común para iniciarse, requiere de una revisión singular o individual para llevarlo a cabo. Entendemos al duelo como aquellas instancias que permiten reconocer la pérdida e incorporarla al yo, sin devaluarlo.
En términos freudianos la elaboración es la posibilidad de transformar una energía desbordante, controlándola o ligándola con otras asociaciones. El trabajo de elaboración psíquica será aquel que permita en algún sentido sobre imponerse a una situación que por su magnitud e intensidad tiende a desestabilizar al sujeto.
¿Cómo se tramita en una escuela la muerte? ¿Cómo se inscribe la incertidumbre? ¿Cómo se renuncia a saber acerca del otro? La escuela se construye sosteniendo otros ideales: la vitalidad, la potencia, la superación, el saber, el desarrollo, la evolución. ¿Cómo se aloja en ese conjunto, la muerte? ¿Cómo le damos un rasgo de humanidad a esa acción?
¿Qué tan desgarrador puede ser el dolor en un chico al punto de preferir matarse?
Dos elementos suelen acompañar a la comunidad escolar en su conmoción: la culpabilidad de no haber podido evitar ese episodio y la impotencia de los actores por no haber previsto el desenlace. Los que rodean al suicida asumen algún tipo de responsabilidad por error u omisión en su decisión. Compañeros, docentes, preceptores, se muestran sorprendidos, pero a la vez creen haber omitido algo. No haber visto lo que estaba a su alcance. No haber percibido un sufrimiento o un dolor que supuestamente se daba a conocer.
¿Cuáles son nuestras razones para suponer lo previsible? Rechazamos la impotencia en la que quedamos sumidos, la reemplazamos por una falta, haciéndonos responsables de lo que otro produjo.
El suicidio es un enigma y tal vez por serlo a su vez es rechazado. Se rechaza, se excluye su acto, se lo repele, inclusive, cuando se construye una razón que lo justifique. 
Una escuela es una comunidad, está atravesada por los lazos de la cultura. La muerte es un impacto en cualquier comunidad, más en aquella que atesora la vida. Tal vez la única manera de transitar estas conmociones sea reconstruyendo los tejidos que hacen  que aflore la palabra, reconocernos en nuestras dimensiones falibles, en nuestras (im) posibilidades y tratar en conjunto de construir lazos amables que permitan desplegar el dolor. Que contengan lo propio de lo humano, es decir, aquello que seguirá interrogándonos, interpelándonos.

Febrero de 2017.-


Bibliografía consultada

Borges, JL- Borges oral. Alianza editorial. Buenos Aires 1979.-
Efrón, Korinfeld. Acerca de la problemática del suicido de adolescentes y jóvenes. Un enfoque para su abordaje desde la educación. Ministerio de educación de la Nación (2015)
Freud Sigmund,  Duelo y melancolía. (1917)










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