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Criminalizar, patologizar, medicalizar





por Daniel Korinfeld

Gran parte de los discursos y narrativas que propugnan y producen alarma social buscan construir un blanco sobre el que desencadenar el mecanismo victimario.
Es muy frecuente que adolescentes y jóvenes formen parte de ese blanco, de ese peligro del cual defenderse y al cuál, en ciertos casos atacar, rescatar. Sabemos que no todos los adolescentes y jóvenes suelen estar asociados a otras condiciones existenciales o atributos para ocupar ese lugar: pobres, delincuentes, negros, inmigrantes según cada contexto suelen ser las víctimas de esa violencia simbólica e institucional.

La figura del adicto  es uno de los paradigmas del discurso de la alarma social enfocada hacia los jóvenes. No es casualidad que a algunos chicos que consumen paco los llamen zombis, y que en algunas experiencias de trabajo en calle algunos grupos de púberes se hallan nombrado así. El discurso de la alarma social está enfocado también hacia otros problemas como la violencia juvenil y la delincuencia. Ciertos relatos abordan temas de estilo, modas y lenguajes de las culturas juveniles que tienen que ver con el lugar y usos del cuerpo, con las sexualidades, con los actuales itinerarios vitales, con las relaciones con los objetos tecnológicos que leídas como expresiones de degradación social alimentan un cierto tipo de lazo intergeneracional.

En las prácticas educativas, en prácticas asistenciales y terapéuticas dirigidas a adolescentes y jóvenes, observamos las diferencias entre los paradigmas, las concepciones que se enuncian y los paradigmas, las concepciones que sostienen esas prácticas y gobiernan las intervenciones, los encuentros concretos con los jóvenes.
A pesar del reconocimiento de que no resulta posible aprehender del todo mucho de lo que viven y transitan adolescentes y jóvenes, de cierto del enigma que siempre portan las nuevas generaciones, insiste la tendencia a la repetición, la inercia que vuelve a dejar las cosas en su lugar, ¿Cómo dar cuenta de esa renegación?

Al modo de una impronta de la que parece resultar difícil desmarcarse, “la tutela” renueva sus ropajes y toma múltiples nombres. Es más sencillo reconocerla en formas definidas de sojuzgamiento, en prácticas de domesticación, disciplinamiento, vigilancia, y control, se torna menos transparente cuando los enunciados son de cuidados, asistencia, enseñanza, acompañamiento, orientación. Amparadas siempre en el bien del otro e incluso en la renovación y actualización de los paradigmas, se reproducen nuevos modos de tutela. El desafío de la época de cambio de paradigma es la coexistencia conflictiva entre “el niño y el joven de la tutela” y “el niño y el joven de la Convención”. Las reconfiguraciones institucionales que implican el discurso y las normativas de los derechos de niños, niñas, adolescentes y jóvenes implican atravesar las tensiones que se revelan cotidianamente en las prácticas. Supone verdaderas transformaciones en el funcionamiento de las instituciones y en el pensar y hacer de los sujetos que allí actúan. Implica también la generación de cambios en las políticas y los programas.

La impronta se hace presente cada vez que se definen los problemas y se relevan las necesidades y demandas. Persiste un modo hegemónico de construcción de los problemas como: la juventud como constituyendo un problema en sí misma o portando un problema (Martín Criado, 2005). Sobre la juventud se proyectan los temores de cambio social, las crisis sociales producirían mecánicamente: delincuencia juvenil, hedonismo o pérdida de la ética del esfuerzo. Se trata de una mirada centrada exclusivamente en la propia experiencia generacional -idealizada- y/o de grupo social. Por otra parte, opera proyectando en el futuro una imagen de la sociedad a partir de una visión negativa de los jóvenes actuales —siempre distorsionada—. Los jóvenes como metáforas de la sociedad: la categoría se homogeneíza aún más, y se amplifica hasta el extremo toda desviación de un grupo minoritario y generaliza algún comportamiento particular como muestra de la degradación en curso.
En las prácticas institucionales somos testigos permanentes de esas proyecciones en las que, a partir de un elemento, una actitud, un acto, o partir de cualquiera de los comportamientos efecto de los avatares subjetivos del tiempo adolescente y juvenil, muchos adultos anticipan, pronostican, una imagen de futuro de desvío y toman “medidas” al respecto.

Anotemos cómo esta suerte de metonimia, en el sentido de la parte por el todo y de la contigüidad de hechos, tiende a unificar la categoría: suele ser muy habitual ante el impacto y la sorpresa de hechos impares y relativamente nuevos para la memoria institucional, construir una “realidad” y un “clima” que muchas veces termina por configurarse en lo real.

El otro enunciado que circula soterrado en las instituciones es “la juventud tiene un problema”. Allí el problema, la carencia o el desvío son exclusivamente atribuidos al individuo joven o adolescente. Falta de educación, debilidad moral, problemática psicológica, origen social y familiar: cualquiera de esas opciones en el lugar de causa de los comportamientos y conductas excluyen la función de Otro del Estado, de las instituciones y de quienes las habitamos, en la sustracción que predomina en esos análisis nos restamos nuestra parte de poder, allí se juega la tensión entre lo inevitable y lo evitable. “La juventud tiene un problema” es otro de los modos de reducción de la complejidad de lo social y lo subjetivo. Se externaliza toda dificultad, nada tiene que ver nosotros ni con nuestras instituciones y nada podemos hacer y objetalizar, son problemas privativos de los otros, sumado al discurso del desvío y de la degradación social, no estamos nada lejos de la desubjetivación del otro inherente a la narrativa zombi.

Incluso hoy en el que percibimos una revitalización de las políticas en sus múltiples modos de despliegue y en el que los jóvenes van ocupando lugares significativos, estos modos de mirar al otro, joven en este caso, siguen presentes en las prácticas expresándose básicamente en formas de estigmatización, segregación y micro-segregación y a través de dos estrategias de control: La estrategia judicial: criminalización – judicialización y la estrategia psiquiátrica-psicológica: patologización: psicopatologización-medicalización.

Una política de encuentros
En las políticas para jóvenes suelen predominar las preguntas por lo prohibido, lo permitido y lo preventivo, antes que la oferta, la hospitalidad o la convocatoria, debemos leer esa tendencia como sintomática, entre las tres “P” características de las tareas con jóvenes que mencionaba Philipe Merieu (2002): prohibición, prevención, participación, se impone la primera y la segunda suele convertirse en cierta pasión preventivista que como una nueva forma de la tutela es uno de los modos principales en el que se replica en las prácticas el discurso de la alarma social, y la tercera, la participación suele quedar relegada al ¨como si¨, pequeños gestos, tímidos y acotados ejercicios pseudo democráticos.
Como escribe Reguillo Cruz, uno de los giros es pensar a los jóvenes no como objeto de políticas, sino como sujetos de discurso. Se trata de no hacer de los jóvenes un problema, ni tematizar los problemas de los jóvenes. Desplegar una política de encuentro con los jóvenes, es construirla junto a ellos.
Así entonces, una política de encuentro con las experiencias de los jóvenes es posible intentando un cruce de narrativas, no la colonización de una experiencia –negada- y esa es una de las formas de deconstruir y resistir las narrativas catastrofistas.

Graciela Frigerio (2004) nos trae la palabra de Eugene Enríquez (para indicarnos que el trabajo de las instituciones es un trabajo contra la muerte, contra lo inexorable, para eso se constituyen las instituciones. Modos de una práctica social que trabaja contra la horda que no cesa de residir en nosotros. Esa horda que acecha en los fantasmas capaces de ser representados en ficciones que consumimos. Llamamos institución a ese entretejido, al que podemos definir como una cartografía de lazos. Instituir lo vivo, decía Pierre Legendre (1996), esa es la función de las instituciones, es desde la ficción que proponen, los relatos que circulan y desde la materialidad que construyen. Y en cada caso hay allí una transmisión en acto.

Nacemos en el orden de las instituciones. Hay un legar de las instituciones y hay un legar las instituciones. En los modos de lazo social intergeneracional que se expresan en las instituciones de educación, de salud, en los modos de educar, de curar, de cuidar al otro, en las políticas de encuentro, de conversación con el otro. Saber que la transmisión efectuada circula por un registro frágil e incalculable y que la tarea del “nuevo” es la apropiación singular del legado, no nos exime de la responsabilidad subjetiva y política en juego, por el contrario nos compromete.
Se abre allí la cuestión respecto de cada transmisión y de la ética que implica interrogar o no la creencia en la inevitabilidad de todo futuro que no imagine una distopía, en el terreno de los discursos y sobre todo en los modos de lazo que se configura en las prácticas cotidianas. Cuestionar los modos de transmisión que hacen de la creencia en la inevitabilidad del presente y la negación de toda construcción alternativa del futuro, una certeza tan hermética como lo fueron las verdades sagradas de la modernidad.


Bibliografía:

Benjamin, Walter (1973): “La obra de arte en la época de la reproductibilidad técnica”, en Discursos interrumpidos 1, Madrid, Taurus.

Duby, Georges (1995): Año 1000, Año 2000, La huella de nuestros miedos, Santiago de Chile, Edit. Andrés Bello.

Fernández Gonzalo, Jorge (2011): Filosofía zombi, Barcelona, Anagrama.

Frigerio, Graciela (2004), “Ensayo, bosquejos conceptuales sobre las instituciones” en Elichiry Nora  (Comp.) Aprendizajes escolares. Desarrollos en Psicología Educacional. Buenos Aires: Manantial.

Hassoun, Jacques (1996): Los contrabandistas de la memoria, Buenos Aires, Ediciones de la flor.

Korinfeld, Daniel y Villa, Alejandro (comp.) (2012): “Introducción”, en Juventud, memoria y transmisión: pensando junto a Walter Benjamín. Fractura social y lazos intergeneracionales, Buenos Aires, Noveduc.

Korinfeld, Daniel (2012): “Fractura social y lazo intergeneracional” en Juventud, memoria y transmisión: pensando junto a Walter Benjamín. Fractura social y lazos intergeneracionales, Korinfeld, Daniel y Villa, Alejandro (comp.),  Buenos Aires, Noveduc.

Legendre, Pierre (1996): El  inestimable objeto de la transmisión, México, Siglo XXI.

Martín Criado, Enrique (2005), “La construcción de los problemas juveniles”, en revista Nómadas Nº 23, Bogotá, Cono Sur/Instituto de Estudios Sociales Contemporáneos de la Universidad Central.

Mead, Margaret (1971): Cultura y compromiso, Buenos Aires, Granica.

Meirieu, Philippe (2002), El pedagogo y los derechos del niño: ¿historia de un malentendido?, Francia, Editions du Tricorne y © Association suisse des Amis du Dr. J. Korczak.

Segato, Rita Laura (2004), “Antropología y Derechos Humanos: alteridad y ética en el movimiento de los Derechos universales”, Universidade de Brasília.






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