Algo más que una pose

por Daniel Korinfeld
Una vez más se alza una voz clamando por la baja de la edad de imputabilidad para los jóvenes, una voz que se presenta como valiente ante la cobardía imperante y se erige como representativa de una sociedad supuestamente impotente y silenciosa. Esta vez, esa voz es la de un flamante ministro, nada más y nada menos que de educación! Una serie de dichos que han causado escozor a muchos generando, aparentemente, un amplio abanico de oposición en el marco político, gremial, profesional y de la comunidad educativa en general. En estos días algunos señalan el perfil provocador del personaje, otros destacan la sorpresa ante la supuesta o posible torpeza política de quien lo convocó, mientras dudan precisamente de la representatividad o identificación que esas ideas pudieran tener en “la gente”. La nota en cuestión es un surtido de lugares comunes, frases efectistas, condimentado con una retórica macartista, conspirativa y apocalíptica. Una perspectiva revisionista-negacionista de nuestro pasado y reivindicatoria del terrorismo de estado. A diferencia de otras posiciones que buscan desconectar la historia reciente del país con nuestros tiempos, sus dichos establecen esa conexión a partir de una suerte de triunfo de los derrotados del setenta que finalmente habrían logrado degradar las instituciones del estado y la ley. Es decir, no apela a la clásica deshistorización que pregonan quienes proponen dejar de "pensar el pasado y mirar el futuro", sino que a su manera, disputa el sentido de lo acontecido y de sus consecuencias.
Para el flamante ministro “la indisciplina juvenil” en los colegios y universidades es uno de estos efectos, las referencias al rock, al uso del arito como influencias, signos o indicios del deterioro moral, hacen serie con el delincuente; pero la figura del asesino-joven, ya suficientemente insuflada por algunos medios de comunicación, es una de sus afirmaciones más nocivas (la “metáfora” de la pistola en la cabeza a los alumnos aludiendo a las luchas gremiales de los docentes, el título de una de sus novelas: Momento de morir -escrito en 1975 y publicado en 1979- ambientado en una caótica Buenos Aires que anticipaba una restauración militar salvadora- plantea una insistencia más que curiosa con el crimen).
Venimos observando cómo estos relatos, que abonan el lugar atribuido a los jóvenes como protagonistas exclusivos de la violencia y por tanto objeto de propuestas cada vez más punitivas y de control - dirigidas a edades más tempranas-, sintonizan con ciertos reclamos públicos a favor de la instauración de la pena de muerte y por la baja en la edad de imputabilidad. Espasmódicamente se producen verdaderos estallidos sacrificiales, mecanismo victimario dirimido en la escena mediática que elige a quienes se ha de sacrificar propugnando una violencia retaliatoria.
Quienes analizaron el surgimiento de “las maras” (pandillas juveniles) han relacionado la constitución de estos grupos con las historias de los países centroamericanos, la derrota sangrienta de los proyectos y políticas revolucionarias de los años 60/ 70 y 80 y los efectos del neoliberalismo de los noventa. Fueron originalmente mareros los niños y adolescentes huérfanos, huérfanos de quienes sostuvieron esas luchas, y de proyectos que los incluyeran; los jóvenes debieron forjar sus propios caminos jóvenes -en el borde o más allá de la ley- a través de pertenencias grupales y de solidaridad en territorios hostiles. En Argentina no es difícil establecer la estrecha relación entre la represión ilegal -la política sistemática de secuestros-cautiverio-tortura-asesinatos-desaparición, sustracción de niños, robos de bienes materiales- organizada desde el estado y el despliegue de una política económica que intensificó las diferencias sociales. Las políticas neoliberales y conservadoras de la década del noventa fueron su continuidad política, social y económica. Políticas que todavía estamos pagando en las huellas y heridas del cuerpo social: en sus consecuencias y efectos en la población, en las instituciones y en su influencia en los modos de lazo social, en este caso, el del lazo entre las generaciones. Cuando recordamos que la gran mayoría de los perseguidos por el terrorismo de estado, de los desaparecidos, asesinados, presos y exiliados eran jóvenes de entre quince y treinta años y observamos la criminalización de los jóvenes de hoy, no podemos evitar - como en un juego de espejos, de similitudes y de diferencias que vuelven a ubicarlos en relación con la violencia- pensar en su lugar actual de chivos emisarios, formas del sacrificio en las que conjurar los fantasmas sociales (la condición sacrificial también alcanza a los jóvenes en tanto victimarios). Y ver allí las huellas de una derrota política y simbólica, en ciertos aspectos, y en la fractura social, la cristalización de un tipo de relación con los jóvenes, que si bien constatamos cierta constancia a través de la historia, desde hace algunasdécadas se ha instalado en una magnitud y en una escala que nos plantea interrogantes y fuertes desafíos muy concretos. Simplificador y maniqueo, el discurso del ministro - que opera por reducción, recurre a anacrónicas metáforas epidemiológicas, el virus, la infección ideológica, y que clama por una transmisión “derecha” de nuestro pasado a los jóvenes-, su aspecto algo bizarro no nos debería distraer de las propias cuestiones pendientes: las dificultades para contrarrestar en la escena pública la apelación al miedo, la manipulación de las incertidumbres e indeterminaciones de los tiempos que corren, para producir un discurso capaz de incluir la complejidad de las condiciones y características de la vida cotidiana en las ciudades: las distintas formas de la violencia, (las condiciones de existencia de importantes sectores de la población, los delitos, la violencia desanudada, la justicia por mano propia, los estallidos en situación, etc.), los nuevos modos de afrontamiento social de conflictos sectoriales y puntuales. Más allá de una pedagogía del problema en cuestión, se trata de un discurso y unas prácticas enhebradas con políticas de estado y con las de múltiples actores y sectores sociales.
Ilustración: JASPER JOHNS, Diana con cuatro caras, 1955
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