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Dos cuentos de Beatriz Pustilnik

El paseo


La primera vez que vi volar a Cora no fue un atardecer.
Sentada en un sillón junto al ventanal entreabierto, miraba un punto indefinido en el espacio. Al principio noté que sus pies se despegaban del suelo y que desde los muslos una fuerza invisible la empujaba hacia arriba. Agitaba los brazos como si estuviese nadando. Extendió las piernas y con envión de rana, se proyectó hacia el patio. Pasó sobre el techo del galpón, rozó la copa de los pinos y se alejó hacia las terrazas linderas.
Me sentí sola e inmensamente triste, como si se tratase de una despedida. De pronto tuve miedo, entonces subí a la mesa de hierro y en puntas de pie me asomé a la medianera. No pude ver la cara de mi hermana, sólo divisé una mancha oscura que se desplazaba en el cielo. Adiviné su alegría.
Sentí un olor intenso a semillas tostadas de zapallo.
Ella entró por la puerta, tranquila como si viniera de dar un paseo por el parque. Me rozó la cabeza con la mano. Su mano estaba fría y suave como una pluma.
Esa noche, abrí la puerta de su cuarto: tal vez fue el viento que mecía las cortinas de vuale  junto a su pelo o el reflejo de la luna en sus mejillas,  pero en vez de unos labios, me pareció que su cara terminaba en un pico.


Publicado en  Grageas, 100 Cuentos breves de todo el mundo, Ediciones Instituto Movilizador de Fondos Cooperativos, Desde la gente, Buenos Aires, 2007.


 


La encuestadora *


Eran las diez de la mañana cuando alguien llamó a la puerta. Tía Delia se acercó a la mirilla y vio a una señorita muy bien vestida, con anteojos de marco carmín de acrílico, trajecito entallado al tono con ribetes un poco más oscuros, pollera recta hasta las rodillas, carpeta en mano con elástico.
-Vengo por  una encuesta.
-No abrimos a desconocidos desde que una visitante se alzó con la vajilla de la abuela y la platería peruana.
-Tengo mi credencial. Mostró una especie de cédula naranja con foto, firma y sello y esbozó una sonrisa falsa de propaganda de dentífricos.
Delia le abrió. La hizo pasar al living y llamó al resto. Mamá trajo bizcochos y servimos té de peperina.
El cuestionario tendía a evaluar el consumo de jugos en la familia argentina.
-¿Cuántos miembros conforman el grupo?
-Según -dijo el tío Jorge.
-Reformulo la pregunta. ¿Cuántas personas viven en la casa?
-Vivir, lo que se dice vivir... depende... cuando los chicos están..., ahora lo de mi hermano Roberto se puede considerar como que no...
-Si es por consumir jugos...
-Repito con más claridad. ¿Hay alguien ausente en este momento?
-Robertito Olmos vive de algún modo en el recuerdo perenne de su esposa e hijos.
-Propiamente dicho ya casi no vive. Se fue al otro...
 -Silencio gritó mamá. Son secretos de familia.
-Los chicos no estuvieron un tiempo en la casa, pero felizmente han regresado.
-Es una tradición, usted comprende. Vamos, volvemos. La vida es tan efímera...
-La señorita no está interesada en conocer nuestras costumbres...
-Sólo a lo que a jugos se refiere –aclaró ella. Y prosiguió muy profesional:
-En resumen ¿son más de cinco, menos de cinco, cinco...?
-Si contamos a la mascota: nuestro querido Johnny... somos bastante más de cinco.
La encuestadora puso una cruz en el primer casillero y pareció complacida.
-¿Consumen jugos de frutas?
-Yo no.
-Yo sí.
-Yo a veces.
-¿Artificiales o naturales?
-No es tan fácil de delimitar... ¿Qué es lo natural? ¿Qué lo artificial? ¿Hay una línea divisoria acaso? -filosofó tía Delia.
-Seré más clara, ¿exprimen naranjas y pomelos, o compran el producto envasado?
-Yo una vez exprimí limones que saqué del árbol para rociar los pollos que asamos para Navidad -dijo Jorge contento de poder colaborar.
-Reformulo: ¿Toman jugos exprimidos o artificiales?
-¿Usted no tendría una encuesta más sencilla?. Nosotros somos gente simple, alejada del mundanal ruïdo.
La chica suspiró y nos compadecimos. Así que papá le hizo una seña a mamá, entonces ella empezó a relatar los litros de jugos que tomábamos en la casa: de tomate para el cutis, de zanahorias para la vitalidad, de distintos cítricos para la vitamina c.
Yo conté que antes de escribir cualquier poema necesitaba tomar un buen jugo casero de legumbres. Delia dijo que no salía jamás de la casa sin beber un nutritivo brebaje de frutas frescas. Jorge explicó que Johnny en vez de agua tomaba limonada. Papá aseguró que sus dientes postizos los conservaba mejor en licuado de bananas.
La encuestadora nos miró con ojos de garza acorralada.
-¿Artificiales o naturales?
-¡Qué buena rima! La felicité -usted es una poetisa.
-Yo no redacto el cuestionario, me limito a leerlo.
-Lo hace usted con una entonación encantadora -opinó Delia.
Todos asentimos. Algunos hasta amagaron un aplauso.
-Repito ¿compran el jugo en el comercio de la zona o lo hacen en casa?
-¿A usted qué le parece?-preguntó Delia.
-Mi opinión no interesa, sino la realidad, señora.
-Señorita, por desgracia. Mi sobrina, así como la ve tan solícita, me robó el novio.
-Eso no es cierto –gritó mamá.
Sin chistar se agarraron de los pelos. Todo se convirtió en un griterío: papá alentaba a mamá, Jhonny ladraba como un loco, Jorge hinchaba por tía Delia.
-¡Silencio! –pedí: que qué iba a pensar la señorita... 
-Marcelina del Carril.
-¿Cantante de tangos como su padre?
-Mi padre es carpintero. Y no viene al caso. Disculpe lo de señora, señorita. Yo sólo quiero saber qué tipo de jugos toman y lo pregunto por última vez - se exaltó:
-¿Artificiales o naturales? Delia y mamá se recompusieron.
-Su rima es espléndida -dijo papá -mi hija está en lo cierto.
Marcelina del Carril lanzó un grito gutural, se puso de pie y golpeó con la carpeta sobre la mesita ratona.
-A ver si nos tranquilizamos -dijo papá -nos sentamos y usted nos reformula la pregunta, nosotros le contestamos como niños buenos.
Mientras tanto, yo le acariciaba la cabeza.
-¿Artificiales o... envasados?
-Así no rima.
Marcelina se puso a llorar. Nos contó que había conseguido ese trabajo después de dos meses de búsqueda y que le faltaba entrevistar a cinco familias de la zona.
Le dimos la dirección del correo, la del comisario y la de la verdulería. Cada vez lloraba más y repetía Ca-sas- de fa- mi- lia,  la última sílaba la gritaba. -Ni instituciones de orden público, ni comercios de la zona, casas de familia, con más de cinco miembros, que tomen malditos jugos artificiales envasados en malditas botellas plásticas. Se agarró la cabeza y sollozó con ganas.
-Nosotros somos más de cinco -dije tímidamente.
-Cuando vuelven los chicos, y si Roberto Olmos no se esfuma, somos como diez.
-También está la esposa de Jorge en la habitación de arriba.
-No sabemos. Nunca subimos.
-Algunos tomamos jugos envasados en botellas de plástico que compramos en los comercios de la zona. Dijo el tío Jorge tratando de ser amable.
-Artificiales -agregó mamá.
-También naturales -dijo Delia.
-¡Shhh...! —gritamos todos.  Sólo artificiales. Sonreímos con bondad.
Marcelina estampó su segunda cruz, se sonó los mocos con un pañuelo de papel. Tenía el rimel corrido y los ojos en compota.
-Tercera pregunta. Nos miró suplicante y la leyó suavemente, sílaba por sílaba.
-¿Cuán-tos li-tros por se-ma-na? Entre uno y dos, más de dos, no sabe no contesta.
Nos encimamos a los gritos: dos, más de dos, no sabe no contesta.
-De a uno por favor, levanten la mano -dijo Marcelina.
Jorge dijo más de dos, Delia dos, mamá no sabe, papá no contesta.
Marcelina hizo ta te ti y puso la tercera cruz.
La siguiente pregunta pretendía averiguar las marcas de las botellitas, y en eso no podíamos ayudarla, porque jamás comprábamos jugos envasados. Yo dije que adquiríamos distintos productos para variar y no cansarnos, que si ella nos nombraba algunos, los reconoceríamos enseguida. Todos estuvieron de acuerdo.
La encuestadora, que a esta altura parecía Jean Paul Belmondo en Sin aliento, recitó monocorde los siguientes nombres "Sedifrut", "Frutifresh", "Citricol", "Naranjin" y otros.
Elegimos por unanimidad Citricol y Naranjin que nos parecieron los más nacionales.
Marcelina enchufó la cuarta cruz. Aplaudimos felices.
Cuando se fue la abrazamos y le dijimos que desde entonces era considerada amiga de la casa y que volviera a hacernos las encuestas que necesitara, fuese cual fuere el producto y el perfil que buscase, nosotros con gusto nos adaptaríamos a sus necesidades. Sonrió algo confusa y como comprendiendo al fin, salió. La vimos desde la ventana tirando su carpeta al tacho de basura y tomando un taxi con dirección desconocida.


Fin


* 1er. Premio certamen de humor “Jara Carrillo”  (XXI edición)
Publicado el 1º de abril de 2005 por el Ayuntamiento de Alcantarilla
Murcia, España, Volumen 8 (Premios 2003-2004-2005)


 






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