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La brecha digital

Por Daniel Levy (1)


Se denomina así a la diferencia que existe entre los usuarios/consumidores de las nuevas tecnologías y aquellos que quedan relegados de éstas. La diferencia entre unos y otros está marcada por la idea de un espacio, una geografía, disruptiva denominada “brecha”.
Tal vez poner el acento exclusivamente en lo digital sea una manera de disimular otras brechas vitales, alguien con mayor cinismo podría describir las brechas alimenticias, o las habitacionales, o las de bienes de consumo. Estas diferencias no nacen a partir de las tecnologías son expresiones de la vida social que muestran sus desequilibrios también en la posibilidad de acceso a las producciones digitales.
Entendemos entonces que la responsabilidad no es atribuible a la tecnología per se, sino a las políticas de distribución en general y a la de los bienes culturales en particular.
La comparación muchas veces realizada es con la alfabetización. El saber leer y escribir se suponen dominios básicos para nuestra cultura, pese a lo cual grandes masas en el mundo viven hoy en el territorio iletrado. Una nueva forma de medir estas adquisiciones es la que propone el uso de la lecto-escritura en forma sistemática y contínua y denomina a quienes quedan por fuera de estas prácticas, analfabetos funcionales. Aquellos que habiendo adquirido los conocimientos de la lengua escrita no los desarrollan y por ende la falta de uso los hace disfuncionales al sistema alfabético.
En la era digital, hay más población desvinculada de los avances técnicos que conectados en red.
Si bien las cifras de usuarios se incrementan geométricamente, año tras año, son más los que aún no tienen acceso a la virtualidad que los que formamos parte de esta cofradía.
Estas diferencias van marcando imposibilidades de inclusión a nivel laboral y determinan aislamientos culturales y sociales.
Acostumbrados a los discursos que presentan la globalización como la intercomunicación cultural, política y económica del planeta en pie de igualdad, ocultando las diferencias regionales y entre países, se sumaba a esta idea la noción de una tecnología esparcida que permitía el arribo masivo a los bienes culturales.
El discurso, muy teñido de un tono neoliberal, pronosticaba que el desarrollo tecnológico sería garante de una distribución más democrática y un uso masificado de las tecnologías.
Tal vez la preocupación no se deba a una virtud de hombres que quieran el bien común, o filántropos y esté más vinculada a las nuevas demandas del mercado laboral que requiere mayor necesidad de capacitación para la mano de obra. Los procesos de producción se han ido tecnologizando y la mano de obra requiere algún tipo de competencia digital para formar parte de las líneas de producción en serie.
Lo cierto es que el epílogo de esta narración es la realidad en la que nos encontramos, los desarrollos tecnológicos siguen siendo para pocos, con las consecuencias previstas de marginalidad y exclusión en los consumos culturales y en las posibilidades laborales.
Son varios los factores que determinan estas condiciones, las tecnologías no son las responsables, éstas están sujetas a políticas públicas y del mercado.
Trataremos de desgranar algunos elementos de esta compleja trama.
En nuestros países, me refiero a Latinoamérica, hemos avanzado en la lucha contra el analfabetismo; aunque aún queda mucho por andar hay una mayor inserción de políticas públicas para garantizar el acceso a la educación básica. La continuidad de los estudiantes dentro del sistema es una preocupación que aún no logra plasmarse pero el primer paso en la alfabetización ha crecido. Luego ocurre lo que describíamos antes, acerca de la falta de uso de las habilidades en lecto-escritura que condiciona esas adquisiciones.
Esos sistemas escolares no han incorporado aún el avance de las Tics, salvo en situaciones excepcionales y coincidentes con sectores más acomodados de la sociedad, es poca la inserción que tienen las tecnologías en las escuelas. Por un lado, hay una falta de equipamiento que impide su desarrollo y por otro hay una falta de formación en el currículo docente que prevea su uso.
Partimos de describir la situación de la educación básica porque por su obligatoriedad es la que puede facilitar un ingreso más equitativo a los bienes culturales y desde esta perspectiva los tecnológicos ya forman parte de ese bagaje, tal vez ahí se puedan instalar las bases para su uso.
Cuando pensamos en el uso, estamos proponiendo sujetos que nos solo dominen las técnicas que les permitan ingresar en las computadoras sino que puedan constituirse en activos protagonistas de las ofertas que allí se despliegan. Usuarios críticos, si cabe el término, que puedan navegar los diferentes espacios que ofrece la red. Se trata no solo de poder acercar las tecnologías sino de facilitar su apropiación, de este modo habría posibilidades de acercamiento reales a las producciones que ella cobija. Ciertamente, no todos los nacidos en la era digital nacen, valga la redundancia, nativos digitales, son adquisiciones éstas que deberían formar parte de las preocupaciones de las políticas públicas en educación.
En esta descripción apresurada no debemos soslayar el papel que deben jugar los docentes, en su transformación, en la transmisión de saberes y en la posibilidad de aprender junto a sus alumnos. Quisiéramos hacer notar que las nuevas tecnologías plantean varios desafíos entre los que se encuentra la inversión de un orden tradicional de la estructura escolar y es que en estas lides, por diferencia generacional y exposición cultural, los alumnos manejan destrezas con mayor ductilidad que los maestros, siendo esta una resistencia muchas veces a vencer por los docentes. Cuando hablamos de aprender junto a, o de, sus alumnos nos referimos a poder circular con cierta convicción ese camino descubriendo en conjunto sus virtudes y los sinsabores del trayecto.
El manejo técnico como una primacía de los más jóvenes no debe ser un impedimento para la labor educativa. Todo lo contrario, debe resignificar la escena pedagógica manteniendo una asimetría en el vínculo donde los procesos de aprendizaje sean conducidos por los docentes que tienen muchas mas razones que las técnicas para poder hacerlo. Todo nuevo navegante necesita poder ubicarse con estrategias definidas en ese mar del conocimiento teniendo la necesidad de seleccionar, jerarquizar, delimitar y reconocer  informaciones válidas y certeras de las otras, estas habilidades son las que pueden transmitir los docentes y son complementarias de las técnicas. Descubrir esas particularidades de los nuevos escenarios reubica a los protagonistas y le confiere a la tarea una dimensión de responsabilidad conjunta, entusiasma a quienes están más familiarizados con los entornos virtuales y tranquiliza acerca de los dominios de cada uno en la relación de poder que se establece en cualquier contexto educativo.
La brecha digital no se limita al uso técnico de las  computadoras, se traslada a la adquisición de manejos simbólicos, es decir, adquisiciones culturales necesarias para manejase en las redes sociales, desarrollar sentidos críticos ampliar las miradas y las ideas acerca de lo que nos rodea.
Esos bienes no están solamente restringidos al uso técnico, la tecnología brinda el medio en que estas capacidades pueden desarrollarse sobretodo para aquellos que están familiarizados por características generacionales con este medio.
Lejos estas líneas pretenden responsabilizar a los profesores, ellos también están inmersos en un sistema que muchas veces no los considera, la intención es promover una mirada diferente de la entrada de la escuela en la era digital, donde la participación conjunta colabore en la inclusión.
El otro gran tema a considerar son los costos económicos para incorporarse a los horizontes virtuales.
Hace algún tiempo estaba en marcha un proyecto internacional para fabricar computadoras económicas (2)  y poder poblar las escuelas y los hogares con ellas. Poco sabemos de su desarrollo después de la crisis financiera global, lo cierto es que la frase “una computadora por niño” con la que se promocionaba está lejos de cumplirse.
Las escuelas, salvo excepciones, no están dotadas de infraestructura informática y los avances tecnológicos promueven productos cada vez más avanzados y con mayores prestaciones pero de altos costos.
Lo mismo sucede en los hogares de menores recursos donde la entrada de una computadora es un lujo inalcanzable.
Estas limitantes a su vez se ven favorecidas por los costos que tiene hoy la conexión a Internet y/o la banda ancha. Servicios que no están garantizados por el estado y sobre los que no hay control suficiente sobre las prestaciones monopólicas. Un tema aparte lo merecen los costos de licencias de programas de uso masivo, esta tendencia empezó a combatirse con el auge de softwers libres (del tipo Linux (3)) que permiten su instalación sin costo, aunque por ahora estos desarrollos no son de uso masivo y su utilización requiere de algunos conocimientos extras en computación.


La brecha digital es una de las tantas desigualdades que debemos combatir, estos aspectos descritos no ayudan a quienes están del otro lado de la orilla y no pueden iniciar su navegación hacia otras costas.


Notas:
La pintura que acompaña este artículo es de Oscar Gagliano, titulo: Calle.

1. Extraído de una clase del curso: Implementación de las nuevas tecnologías. Próximo a dictarse en forma virtual en Punto Seguido.

2.
Nos referimos al proyecto de N. Negroponte, un personaje de variadas facetas dueño de la empresa MediaLab, que diseñó en su compañía una computadora portátil de fácil manejo para los chicos la OLPC y con un sistema de navegación propio el OX. El costo de este navegador era de U$100.


3.Quién se interese por este programa puede consultar: http://www.linuxparatodos.net  






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